
Un equipo encabezado por el economista laboral David Autor publicó un estudio titulado "What Makes New Work Different from More Work?", próximo a aparecer en Annual Review of Economics, que examina quién consigue los empleos nuevos vinculados a innovaciones tecnológicas y qué consecuencias tienen esos empleos en la estructura salarial y demográfica de la fuerza laboral en Estados Unidos. Para su análisis los autores combinaron fuentes históricas y contemporáneas: registros individuales del censo de 1940 y 1950 — datos que se hacen públicos tras aproximadamente siete décadas— y accesos seguros a registros persona a persona del American Community Survey (ACS) desde 2011 hasta 2023. Ese diseño les permitió seguir trayectorias ocupacionales, cambios en ingresos y niveles educativos a lo largo del tiempo y comparar ocupaciones emergentes con formas laborales ya consolidadas en distintos periodos históricos.
El equipo que firma el estudio incluye, además de a David Autor, a Caroline Chin (doctoranda en el MIT), Anna M. Salomons (Tilburg University y Utrecht University) y Bryan Seegmiller (asistente en Kellogg, PhD ’22). Los autores retoman y amplían hallazgos de trabajos previos del mismo grupo, entre ellos un estudio de 2024 que mostró que alrededor de seis de cada diez empleos existentes en Estados Unidos entre 1940 y 2018 correspondían a especialidades desarrolladas desde 1940; la nueva investigación profundiza en los perfiles demográficos y salariales asociados a esas ocupaciones nacientes.
Los resultados cuantitativos describen ritmos distintos según las épocas: en 1950 aproximadamente el 7% de los empleados ocupaban trabajos que no existían en 1930, mientras que en el periodo 2011 — 2023 cerca del 18% de los trabajadores estaban en líneas de trabajo introducidas desde 1970. Además, el estudio mide persistencia ocupacional: quienes desempeñaban "trabajo nuevo" en 1940 tuvieron 2,5 veces más probabilidad de seguir en ese tipo de ocupación en 1950 que la población general, lo que sugiere que ciertas especializaciones mantienen una trayectoria consolidada durante la etapa inicial de difusión.
Una constante relevante es la prima salarial asociada a los empleos nuevos: en promedio esos trabajos pagan mejor que las ocupaciones ya establecidas. No obstante, los autores documentan que esa ventaja tiende a erosionarse con el tiempo, conforme el conocimiento especializado se difunde, aumenta la oferta de trabajadores formados en esas áreas y las tecnologías o prácticas dejan de ser exclusivas. En dicho proceso, lo que comienza como escasez de conocimiento remunerada acaba reduciendo su ventaja a medida que la experiencia y las capacidades se vuelven más comunes.
En cuanto a quiénes se benefician de la creación de nuevas ocupaciones, los patrones son claros y reproducibles: predominan trabajadores menores de 30 años, con formación universitaria y localizados en áreas urbanas. Los autores calculan que los graduados universitarios eran 2,9 puntos porcentuales más propensos que los graduados de secundaria a incorporarse a ocupaciones nuevas en los periodos estudiados. Esa concentración geográfica y por nivel educativo apunta a una distribución desigual de las oportunidades vinculadas a la innovación.
Los investigadores también atribuyen a la localización de las inversiones una parte importante de la explicación: muchas formas de trabajo recientes surgieron en torno a demandas ligadas a inversiones a gran escala. Como ejemplo histórico, la expansión de la investigación y la manufactura respaldada por el gobierno durante la Segunda Guerra Mundial generó un volumen notable de nuevas especializaciones en los condados donde se desplegaron esas inversiones. "Si creas una actividad a gran escala, siempre habrá oportunidad para conocimientos especializados relevantes", señala Autor, resumiento la relación entre concentración de inversión y aparición de nichos laborales especializados.
Respecto a la inteligencia artificial, los autores mantienen una postura cautelosa y analítica: reconocen que la IA podría erosionar tareas a mayor velocidad que tecnologías previas, pero advierten que la sustitución de tareas no equivale automáticamente a la desaparición de empleos, porque un mismo puesto suele agrupar múltiples tareas y funciones. La investigación plantea como interrogante central quién accederá a las oportunidades que surjan en la era de la IA y desde dónde vendrá el trabajo nuevo que compense las tareas automatizadas.
Las implicaciones del estudio subrayan que la composición de quienes obtienen los frutos de la innovación depende en buena medida de dónde se concentran las inversiones y de la escasez inicial del conocimiento especializado. Esa conclusión tiene dos consecuencias prácticas destacadas en el propio texto: por un lado, explica por qué la expansión tecnológica tiende a favorecer a ciertos grupos demográficos y territorios; por otro, sugiere que políticas de inversión y formación podrían influir en la distribución de beneficios, aunque los autores no hacen proyecciones definitivas sobre intervenciones específicas.
Los autores reconocen limitaciones importantes: su análisis describe patrones históricos y se apoya en periodos con datos disponibles (principalmente 1940 — 1950 y 2011 — 2023), por lo que advierten que todavía es pronto para proyectar con certeza el efecto agregado de la IA sobre la creación de nuevas líneas de trabajo. En ese sentido, el estudio aporta evidencia empírica sobre cómo la innovación ha operado hasta ahora, pero deja abierta la pregunta sobre si la dinámica será comparable una vez que tecnologías como la IA alcancen distintas escalas y grados de generalidad.
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