
Qué sucedió: Panthalassa anunció el 4 de mayo una nueva ronda de financiamiento por $140 millones en la que participan inversores de Silicon Valley, incluido Peter Thiel, cofundador de Palantir. La compañía destinará esos fondos a finalizar una planta piloto de fabricación en las cercanías de Portland, Oregón, y a acelerar las pruebas en el océano de nodos flotantes diseñados para ejecutar cargas de trabajo de inteligencia artificial durante 2026.
Cómo funciona el sistema: cada nodo tiene la forma de una gran esfera de acero conectada a una estructura tubular que se extiende bajo la superficie. Las olas empujan agua por el tubo hacia un reservorio presurizado y, al liberarse, ese flujo mueve una turbina que genera electricidad para alimentar chips de IA a bordo. En lugar de llevar la energía a tierra, los nodos enviarían las «salidas» de los modelos (tokens de inferencia) a clientes mediante enlaces por satélite.
Historial de pruebas y cronograma: Panthalassa ya ejecutó pruebas anteriores: probó Ocean-1 en 2021 y realizó una prueba marítima de tres semanas con Ocean-2 frente a la costa de Washington en febrero de 2024. El prototipo más reciente, Ocean-3, mide aproximadamente 85 metros de eslora y está programado para ensayos en el norte del Pacífico más adelante en 2026. Los fondos anunciados deben ayudar a completar la instalación piloto cerca de Portland y preparar la fabricación de los nodos.
o técnico y competitivo: la propuesta surge en un momento en que las empresas enfrentan mayores dificultades para construir nuevos centros de datos en tierra. Benjamin Lee, arquitecto informático e ingeniero en la Universidad de Pennsylvania, describe la idea como una transformación del problema: en vez de trasladar energía desde la costa hasta los centros de cómputo, la estrategia es llevar los modelos a nodos oceánicos y responder a consultas remotas mediante enlaces satelitales, cambiando así el foco de la transmisión de energía a la transmisión de datos.
Ventajas operativas: la inmersión en agua aporta un beneficio de refrigeración pasiva, ya que el entorno marino suele registrar temperaturas más bajas que las instalaciones terrestres, lo que podría reducir el consumo eléctrico y el uso de agua necesario para enfriar los equipos. La autonomía energética in situ elimina la necesidad de tender cables de potencia desde la costa para cada emplazamiento, lo que simplifica la logística y reduce ciertos costos de infraestructura.
Limitaciones y riesgos: el uso de satélites impone límites de ancho de banda y latencia. Según Lee, los terminales satelitales podrían alcanzar quizás cientos de megabits por segundo, cifra suficiente para respuestas en tiempo real en muchas aplicaciones pero insuficiente para transferencias masivas y continuas que requieren los centros de datos tradicionales. Además, la fiabilidad operativa en condiciones marítimas y los retos de mantenimiento a escala siguen siendo incertidumbres clave.
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